Un paraíso de aguas transparentes. Brasil.Playas, caipirinha, buena mesa y buceo arqueológico y nocturno en Buzios, la ciudad elegida cada año por miles de turistas argentinos.
Para empezar a conocer las bondades de Buzios, en Brasil, nos subimos a Miss Buzios I y arrancamos el paseo en barco. Lo primero que aparece ahí nomás, frente al muelle, es una isla deshabitada, que se puede visitar en lancha, donde el ingenio de un torcedor (hincha) del Flamengo se encargó de demostrar que el hombre no sólo llegó a la Luna, sino también a la punta más alta de esa isla, donde plantó la bandera, que también es rayada, pero roja y negra. Es que esa isla es como una filial del club, el más popular de Río de Janeiro. Y me recuerda que para llegar a Buzios debimos pasar por Río, después de 2,5 horas de avión desde Ezeiza y luego, en combi, atravesar por autopista la Bahía de Guanabara, ver plataformas petroleras acostadas y un sinfín de barcos a pocos metros uno del otro. Recorrimos los 180 km que separan estos dos destinos en poco menos de tres horas. Pero volvamos a Buzios: pasamos la isla y seguimos mar adentro con una caipirinha en mano, atención que viene incluida con la entrada o, mejor, una gentileza del capitán y barman, que se lleva todos los aplausos. La embarcación se detiene y, flota-flota en mano, al agua pato. Relax total, agua fresca, verde y transparente y un sol impiadoso, hasta que suena la chicharra para seguir viaje. Otra vez arriba, lejos del temor de quedar boyando en medio del mar -aunque, la verdad, la costa está cerquita-, vamos a la siguiente parada: otra isla desierta, de playa chica y roca empinada y verde, paraíso para amigos de Lost. La modalidad del vendedor ambulante se repite aunque estemos navegando y tomando sol en un barco: un joven detiene su lancha junto a la nuestra y, cual mozo, se sube cargando una bandeja con pinchos de camarones y langostinos para dar lugar a esa combinación única: sol, calor, agua, caipirinha y delicias de mar. Un lujo. Nos detenemos ahora frente a la playa Tartaruga. Llegamos a la orilla sanos y salvos en un gomón amarillo, que por el peso de 8 pasajeros que viajan por turnos avanza un poco hundido, y por favor, que nadie se mueva. En la playa nos recibe un artesano experto en la técnica de las hojas de palmera: un cenicero, una flor, un animalito, "cosidos" a mano, con las hojas entrelazadas. Brigitte mirando el mar Un morro por aquí y otro por allá, caminar por Buzios es un desafío para los cuádriceps. Desde la playa Joao Fernandes, la más elegida por los argentinos, el camino recomendado -el más llano- es el que bordea la costa: unas 18 cuadras de adoquines junto al mar, un paseo por los pequeños balnearios entre el verde selvático y los diálogos entre pájaros, grillos y otros insectos. Con una bossa nova de Caetano Veloso de fondo llegamos al centro de Buzios y recorremos la Rua das Pedras, la calle principal, que por las noches es peatonal. Abundan locales de ropa y, sobre todo, de ojotas. Para los que se inclinan por el baile, hay un Pachá con vista al mar. Y en gastronomía, para todos los gustos: cena-show, restaurantes formales y no tanto y tenedores libres. Peixe fresco con arroz, ensaladas verdes, strogonoff, pastas y buena carne. En Buzios, entre morros y rocas custodiadas por gaviotas y buitres, hace calor nueve meses al año, y la máxima indica que puede estar nublado e incluso llover, pero nunca hay que dar por perdido el día porque el clima es tropical: llueve un ratito, para, se abre el cielo y no queda ni una nube. De las 23 playas, las del norte son de aguas cálidas, y las del sur, más frescas; Tartaruga y Ferradura son para familias con chicos, y Geribá, para surfistas. En el centro, buenos cholulos, visitamos la estatua de Brigitte Bardot: la actriz francesa visitó estas arenas con un novio brasileño en los 60, hasta que se cansó del acoso de los paparazzis y no volvió más. Pero allí está, sentada sobre su valija mirando el mar, y la foto es un clásico: la besan, la tocan, se sientan al lado, arriba, ¡y los chicos hasta le hacen cuernitos! Harina y buceo nocturno Si Buzios es elegido por parejas en luna de miel, Cabo Frío, a 30 km, se muestra como un lugar más familiar y urbano, y más grande. Es la ciudad que provee de importantes servicios a la zona, como aeropuerto, hospitales, escuelas, cadenas de supermercados, comercios y entretenimientos nocturnos para adolescentes, entre otros. Aquí la Praia do Forte es más ancha y, de punta a punta, mide 7 km; en un extremo se puede visitar el fuerte desde donde se armaba la defensa contra los conquistadores, que llegaban en busca del árbol pau brasil -que da nombre al país y hoy conserva pocos ejemplares-, por la tinta que se le extraía. La arena, de tan blanca y finita, parece harina, y el agua celeste y transparente es elegida por surfistas y turistas náuticos. Y hasta se puede hacer buceo nocturno. Imperdible. |
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