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Maceió, el mar y los cocoteros. Brasil.

Las aguas verde esmeralda de la capital del estado de Alagoas. Playas, noche, platos típicos y buceo en arrecifes.


Maceió, el mar y los cocoteros. Brasil.

 
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Lo que tapa el pantano". Así decidieron llamar los indios tupí a la zona litoraleña del noroeste de Brasil, impresionados por los fenómenos de la naturaleza que allí ocurrían. Las lagunas cercanas a la costa eran tapadas por la arena debido al empuje del viento sobre los médanos. A esa historia debe su nombre Maceió.

La capital del estado de Alagoas está unos 600 km al norte de Salvador de Bahía, y 270 al sur de Recife. Con agua verde esmeralda, aire cálido y una infinita hilera de cocoteros que escoltan la costa, la playa parece ser el lugar indicado para que los turistas hagan la clásica "milanesa" al salir del mar, pues la arena es tan clara como el pan rallado. Además, hay piscinas naturales formadas por los arrecifes de coral.

Ante ese panorama de ensueño, acompañado por 17 lagunas naturales y un sol radiante que eleva la temperatura media anual a 28 grados, es fácil creerse la leyenda local que indica que cuando los portugueses arribaron a este lugar, en la época de la colonización, lo primero que exclamaron fue: "es el paraíso".

A eso se suma un casco histórico con aires bohemios, 54 hoteles, un centro comercial con shopping incluido y una variada oferta gastronómica, lo que convierte a Maceió en un gran destino turístico. El motor económico de la región se basa en el cultivo de las cañas de azúcar. El segundo pilar es el turismo y, a modo de síntesis, los lugareños destacan ante los visitantes el orgullo del pueblo: una petroquímica que acaba de inventar el "polietileno verde", una especie de plástico biodegradable que se hace sobre la base de la caña de azúcar.

La ciudad, de 900 mil habitantes, tiene en el sol a su principal aliado. Tanto es así que, para evitar que lo tapen las torres, una disposición gubernamental prohíbe que en las calles cercanas a la playa se construyan edificios de más de ocho pisos. Por eso es fundamental colocarse protector solar. Y una vez en la playa, se recomienda hidratarse con el agua de coco, aunque la oferta de cerveza también está presente en los típicos bares costeros. Si bien Maceió se encuentra cerca de la línea del Ecuador y más al Este que nuestro país, mantiene el mismo horario que Argentina. Por eso amanece 4.30 y anochece 17.30. "Aquí todos están acostumbrados a vivir así.

Cuando hubo consultas populares para adelantar el huso horario, la gente siempre se opuso", explica el guía turístico Osman. Al parecer, la luz natural se empeña en arrancar temprano al turista de la cama para que aproveche la gran oferta de paseos. Se destacan tres playas céntricas, de Norte a Sur: Jatiúca, Ponta Verde y Pajuçara, una al lado de la otra, divididas sencillamente por diversas bajadas. Allí la belleza radica en lo simple del paisaje, y la fiereza del mar desciende cuanto más al sur uno vaya. Por eso, para practicar surf recomiendan ir a la primera. No obstante, las afueras de la ciudad esconden lugares increíbles, que no pueden dejar de ser descubiertos.

Entre Gunga y el francés

A 35 km al sur se encuentra Barra de San Miguel, el mayor balneario turístico de Alagoas. Un pueblito de pescadores que con el tiempo comenzó a ser el destino preferido de muchos habitantes de Maceió que compraron allí sus casas de fin de semana gracias a Praia do Gunga, rotulada como una de las diez playas más hermosas de Brasil. Se puede acceder en barco, que parte desde el muelle de la ciudad, o por ruta.

En ambos casos se tarda unos 20 minutos en arribar. La bienvenida no puede ser mejor: entre un sinfín de palmeras hay barcitos donde ofrecen la bebida oportuna para calmar la sed. Esta playa con forma de bahía posee de un lado aguas de laguna, tranquilas, muy claras. Aunque del otro lado el mar es más agitado y la postal, ahí, es acompañada por un sector más agreste copado por arena en la orilla y pasto en el centro del predio. Para recorrer la zona alquilan buguis y káyacs.

La Praia do Francés es el otro gran atractivo sureño. A 25 kilómetros de la capital de Alagoas, este balneario le debe su nombre a los desembarcos franceses en la etapa colonial. "Ya en ese entonces los franceses tenían buen gusto", bromea el guía turístico, aunque con mucha razón. Con un mar manso, producto de las contención de los arrecifes, el toque de color lo brindan los comercios: ofrecen artesanías que van desde los clásicos collares a figuras exóticas talladas en madera. Quienes busquen acción, la encontrarán con el buceo. Por ejemplo, en las salidas embarcadas a naufragios cuyos restos se visitan a 30 metros de profundidad.

Mezcla de Humahuaca y Cariló

Si de aventura se trata, Barra de San Antonio es un lugar indicado, de características salvajes. El visitante puede recorrerla durante media hora a bordo de un jeep (los amantes de la fotografía tienen en el techo un sitio especial) en una especie de safari playero que permite contemplar rutas de tierra hasta llegar a Carro Quebrado, un espacio virgen para admirar durante horas: cerros de 21 colores con acantilados y, a pocos metros, el mar.

Por otra parte, a 130 kilómetros de Maceió está Maragogi, la segunda ciudad turística más importante. Los hoteles situados a la orilla del mar así lo indican, y al conocer las piscinas naturales, conocidas también como Galés, se entiende el por qué. Es que, cuando baja la marea, una barrera de arrecifes "de las más extensas del mundo" contiene el agua a un metro y medio de altura y forma piletas naturales a seis kilómetros de la costa, a las que se accede por medio de un bote.

En la formación, al llegar, Verónica, una de las turistas, mira con incredulidad. "No me interesa bucear con snorquel, y respirar por el tubo me parece complicado", argumenta ante el instructor. Salvo ella, el resto se arroja inmediatamente al agua y, snorquel mediante, aprecia 12 especies de peces diferentes, de colores vivos, en una experiencia inigualable. El paisaje bajo el agua es increíble y recomiendan no moverse con brusquedad, para que los animalitos se acerquen y puedan ser contemplados con mayor detalle. Se pueden ver, además, los arrecifes, aunque sin tocarlos porque contienen erizos, que pinchan y provocan fiebre.

La realidad supera a la imaginación, por eso los 40 minutos que dura la actividad se pasan muy rápido. Sobre todo para Verónica, la última en quitarse la máscara detrás de la cual escondía una sonrisa inconmensurable tras ser la espectadora de lujo de una vivencia sin igual.



Fuente:
Diario Clarin
www.clarin.com

Imagen:
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www.hotelenbrasil.com


 


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